Naufragio

Era la cuarta hora de una larga noche de invierno, perdida corría por el malecón de mi locura, de un lado a otro arañaba las dudas que carcomían mis silencios, que me hablaban por la espalda para luego esconderse entre las sombras. Buscándote en las orillas encontré otras marejadas que me llevaron en picada hasta lo profundo de la mar. Zozobrando semanas bajo el firmamento estrellado me resistía a olvidarte, nadando contracorriente mientras las olas me abrazaban susurrándome versos al oído. En cada choque se borraba un fragmento de tu cuerpo, primero fueron tus manos, luego tu sonrisa, la que más se aferraba era tu mirada que trataba de reforzar mi memoria inundada de vuelcos que sacudían mis restos de naufragio. A lo lejos escuchaba el canto de una sirena, me atraía a ella, me hipnotizaba el eco de su voz, esa melodía virgen que me ayudaba a sentirme viva, mientras mi cuerpo cansado flotaba en alta mar. Y de pronto, entre las luces radiantes de las estrellas que me cegaban, volví a ver tu silueta, en un claroscuro que te envolvía al extremo de la pieza donde no estábamos, escuchaba tus labios que expulsaban viejos arrepentimientos, noches de ira envueltos en carmesí, lágrimas rotas bajo las sabanas de seda que escurrían hasta mis sueños, vaciando mis ansias sobre las cuerdas con que te ataba. Arrancándotelas con mis manos roídas, en las entrañas se acentuaba el dolor punzante de cada girón que se llevaba un recuerdo de aquellos días.
No sé cuánto tiempo naufrague en la inmensidad de tus ecos, el aire gélido vaciaba y llenaba mis pulmones en un descenso constante que me ayudaba a flotar entre cuevas, entre el abrazo de tus brazos una tarde de domingo, en los “te amo” que ya no escucho, en la mirada que fue fugaz, entre el infinito de la madrugada que terminó por fragmentarme hasta fundirme en su luz.
Mañana habrá un nuevo sol que resplandecerá al alba, presente en este mar donde deje de hundirme a la cuarta hora de una noche de invierno en ausencia de ti.